Martí Peran
martes 17 de octubre, 2017 20:34 PM
martiperan@gmail.com
Martí Peran
martes 17 de octubre, 2017 20:34 PM
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Ruinas. A propòsito de Expo Dismantling

Ruinas. A propòsito de Expo Dismantling. martí peran

En el contexto de la modernidad, el último elogio de las ruinas lo entonó George Simmel parafraseando la estética kantiana: las ruinas han de ser percibidas como aquella huella humana que, sin embargo, parece un producto de la naturaleza. Se trataba de una secuela del idealismo obstinado en hallar zonas de encuentro e intersección entre la cultura y la naturaleza o, en otras palabras, entre la libertad y la necesidad, cuando todavía parecía factible apostar por un humanismo reconciliador: la obra del hombre inserta en una suerte de ley natural que convierte al progreso en una fuerza de la naturaleza. En esta lógica, la ruina no encarnaba ningún fiasco del homo faber sino que aparecía como la consumación de su destino natural: incorporar todo producto del hacer al tiempo del mundo. En realidad, la postura de Simmel no representa más que los últimos coletazos de la tradición romántica que pronto quedaría definitivamente interrumpida.

La modernidad, con su ímpetu antigenealógico (P.Sloterdijk), no padeció ningún entusiasmo por las ruinas. La apuesta por lo nuevo, en sus versiones más radicalizadas, menospreciaba lo ruinoso por su proximidad con las pulsiones nostálgicas y retrospectivas. No había ningún atrás suficientemente interesante y, en consecuencia, tampoco lo eran sus posibles restos. La única excepción la encarnó el delirio totalitario de Albert Speer: Berlín debía ser construido anticipando su destino ruinoso para que la sombra del III Reich se proyectara sobre la Historia como todavía lo hacen hoy los restos del Imperio Romano. Más allá de este propósito alocado y periférico, en la tabula rasa promovida por la modernidad - Hausmann en Paris, Le Corbusier en Barcelona,... - no había lugar para la ruina y, en consecuencia, no era menester conservar ninguna hermenéutica que garantizara un sentido y una función para los vestigios. Frente a la ruina ya no había nada por leer sencillamente por que no había ruinas.

Una vez desposeídos de cualquier código de lectura frente a los escombros, hoy, sin embargo, reaparecen las ruinas por doquier. Una enorme extensión de ruinas puntea nuestro paisaje. Ya sea por la devastación provocada por los accidentes naturales y tecnológicos, por la destrucción animada desde las agendas militares o, sobre todo, por las actuaciones promovidas desde la agenda espacial del capital, las ruinas se multiplican y se amontonan dondequiera. En estas circunstancias no es extraño que también se multipliquen los ensayos para rehabilitar unos códigos de lectura capaces de interpretar esta inquietante reaparición. Sin embargo, ya no parece posible retomar la narración idealista que todavía fascinaba a Simmel. Las ruinas de hoy no responden al natural paso del tiempo que inserta las obras del hombre en el devenir de la naturaleza. Por el contrario, las ruinas de hoy están programadas, conforman un episodio de un plan trazado de antemano y , bajo esta condición, exigen una hermenéutica totalmente nueva. Naturalmente, los nuevos lectores de las ruinas son muy diversos; no comparten necesariamente intereses y, como cabía esperar, incluso pueden ignorarse entre sí. Vayamos por partes.

1. Las ruinas derivadas de las catástrofes naturales o tecnológicas y su fuerza destructiva -ya se produzcan en New Orleans, en el las costas del Océano Índico, en Txernobil o en Fukushima -como es obvio y a pesar de que puedan pronosticarse, no se conciben como algo programado en un sentido ordinario; sin embargo, sí operan de forma muy eficaz en el interior de la narración ideologizada que promulga un presente perpetuo y que aspira a contraprogramar cualquier alternativa al modelo hegemónico. En efecto, la ecuación es bien simple: la catástrofe, que anteriormente podía mantenerse lejana y ajena, ahora irrumpe en el imaginario global bajo la forma de "noticia de última hora" que afecta a todos en calidad de interrupción de la normalidad y evidencia de la vulnerabilidad de un sistema que ha de ser preservado. El accidente se exhibe así como la constatación de los peligros que aguardan al presente precario, de forma que todo el esfuerzo debe concentrarse en contener las amenazas y conservar lo conocido sin modificar sus estatus . Así es como la ruina como acecho forma parte del relato del fin, tan apreciado por el programa ideológico dominante, según el cual, esta fragilidad estructural prohíbe ensayar ninguna alternativa al modelo contratado. El escombro, se asegura, podría ser el destino de todo si no nos responsabilizamos todos de hacer sostenible y crónico lo presente establecido.


2. Se denomina arreglo espacial (Mike Davis) a la regla por la cual la naturaleza depredadora del capital se abalanza sobre el territorio para blanquear beneficios, acelerar la plusvalía y, de inmediato, abandonarlo a su suerte hasta su próximo regreso. El neoliberalismo proyecta así sus atrofias amontonando ruinas convertidas en el corazón de un caos sistémico que ya parece irreversible. Bajo esta lógica se multiplican los espacios dañados y las zonas residuales mediante, al menos, dos dinámicas paralelas. Por un lado proliferan los parajes urbanos abandonados y por el otro se practican constantes demoliciones.

Las zonas abandonadas por el sistema productivo generan una suerte de ruinas en disputa, un espacio de vestigios atravesado por la pugna que se establece entre su ocasional disponibilidad para menesteres informales y la presión del capital para re-inyectar sobre ese espacio una nueva vocación productiva. Ruinas industriales y diversos formatos de terrain vague son repoblados y utilizados por usuarios inesperados que, antes que tarde, son expulsados tan pronto se rehabilita el lugar con renovados aspiraciones vinculadas a las consignas de la ciudad creativa y emprendedora. En cualquier caso, la efectividad con la que estos espacios disfrutan de una condición de "zonas temporalmente autónomas" ha permitido articular una particular poética de la ruina como potencia, como territorio de potencialidades para usos y experiencias ajenas a la convención productiva. Es una suerte de desarrollo particular de aquello que Robert Smithson concibió como ruinas al revés: ya no un testimonio del pasado, sino la aurora extraña de algo todavía por venir. La urgencia de una hermenéutica de la ruina encuentra en esta perspectiva una posibilidad poderosa, consciente de su carácter liviano, pero tan cargada de oportunidades que la cultura contemporánea la ha explorado de una forma casi obsesiva e incluso manierista.

Por su parte, los escombros derivados de las demoliciones masivas han optimizado su rentabilidad económica en una doble dirección: generando nuevo espacio especulativo y convirtiendo la destrucción en espectáculo televisivo. Es una lógica de guerra que promueve la destrucción para garantizar los beneficios de la reconstrucción con el beneficio añadido por la retransmisión en directo. No hay demasiada distancia entre los bombardeos sobre Dresde descritos por W.G.Sebald, los constantes y sospechosos incendios que arrasan Detroit durante los años setenta y ochenta, el programa estadounidense para la reconstrucción de Irak, la destrucción de poblados palestinos por el ejército de Israel y las demoliciones espectaculares que en la actualidad se llevan a cabo en Filadelfia, Cleveland, Buffalo, Shangai o Beijing. La aceleración con la que este tipo de ruinas se integran en el ciclo del valor mercancía, no ha concedido ninguna oportunidad para desarrollar frente a ellas ninguna otra modalidad de interpretación. Escuetamente: La ruina como plusvalía.

3. Filippo Poli recibió el encargo de documentar la arquitectura de los pabellones que articulaban la Exposición Universal Milán 2015. El evento en cuestión ponía en juego dos ejes cargados de optimismo: "Alimentar el planeta" y promover la sostenibilidad. El primer epígrafe era el eje temático con el que los distintos países eran convocados a plantear su aporte; la sostenibilidad era el horizonte inmediato mediante el cual el Boureau International des Expositions invitaba a los participantes a planear una reutilización posterior de los edificios levantados a toda prisa en el área del Decumano milanés. En otoño del mismo 2015, una vez finalizado el festejo, solo unos pocos pabellones ( Brasil, Estados Unidos, Mónaco, Uruguay) tenían garantizado un nuevo destino; por contra, la mayoría de las construcciones, olvidando por completo las consignas iniciales, ya estaban abocadas a iniciar una (im)prevista condición de abandono. Cuando Filippo Poli regresa por entonces al lugar, el panorama con el que tropieza es más fotográfico que el anterior. La razón es muy simple. Ya están habilitadas las herramientas hermenéuticas que hemos resumido con anterioridad. La amenaza, la disputa, la potencia y la plusvalía configuran los núcleos de una semántica posible frente a la gramática arquitectónica abandonada a su suerte. Los restos de los pabellones ya no son fragmentos capaces de rememorar su esplendor reciente sino detalles aislados, escombros incapaces de regresar a la totalidad a la que pertenecieron. La ruina del recinto, tan esplendorosa como fuera la ruina romántica, exhibe ahora una narrativa más mundana y lacerante: el cataclismo estructural que subyace al capital.

Enlaces:
http://www.transfer-arch.com

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