Martí Peran
jueves 23 de noviembre, 2017 22:59 PM
martiperan@gmail.com
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Luis Bisbe. electrodinamización. 2017.

Luis Bisbe. electrodinamización. 2017.

electrodinamización consiste en la instalación de un cable eléctrico que, alimentado desde el exterior, ingresa en el centro de arte y recorre las tres plantas por la que discurre la exposición Materia Prima. En cada una de las plantas, el recorrido del cable es siempre visible y con comportamientos de carácter formal muy explícitos (dando rodeos de apariencia innecesaria, trazando sutiles figuras y volúmenes, anudándose en determinados puntos que parecen arbitrarios,...) pero, al final del recorrido, se revela que todo este aspecto formalista no cancela en absoluto la naturaleza funcional de la instalación: el cable acaba por ingresar en un espacio visible pero cerrado al público, donde alimenta un bombilla que permanece encendida como una absurda estrella. Parece que un elemento de carácter profano, a medida que discurre por un espacio preñado de densidad simbólica y se recrea en él, acaba por conquistar así una capacidad de revelación luminosa.

El célebre trabajo de Bruce Nauman The true artist helps the world by reveling mystics truths (1967) quizás sea la mejor encarnación del concepto benjaminiano de "iluminación profana": una suerte de desvelamiento que no descubre más verdad que la pura materialidad de aquello que se expone. En efecto, Nauman escribe ese ambicioso laudatorio mediante un colorido neón que se encierra sobre sí mismo en forma de espiral. El mensaje declina así hacía una radical severidad: no hay más verdad revelada que el propósito mismo de una revelación trascendental reducida a su enunciación obsesiva y retroalimentada en el encierro de su repetición. Así de escueto es el recorrido místico que puede transitar la obra de arte: pasos alargados que se repliegan sobre sí mismos para desvelar el precario enigma del arte mismo. Los rodeos y las figuras que traza el cable eléctrico de electrodinamización, a pesar de prolongar y dilatar un proceso de conducción que, por fin, culmina en un destello de luz, este ya no ilumina ninguna otra verdad que su material y específica potencia. Es cierto que esta potencia de lo artístico, permanece inalcanzable (la sala no permite el acceso al público y el cable, en su tramo final, sin protección, se convirtió en un peligro real que obliga a mantener las distancias) pero ese carácter infranqueable es precisamente lo que permite que la espiral de Nauman gire sin cesar o que el cable de Bisbe pudiera demorarse aún más en sus recorridos. La iluminación final es profana porque cuando al fin se revela lo hace, precisamente, como enigma que permanece fuera de nuestro alcance.

electrodinamización, en calidad de rodeo hacía una iluminación profana, disuelve -que no resuelve- toda suerte de debates sobre el quehacer artístico e, incluso, sobre las lógicas de inscripción de las prácticas museográficas. En la primera esfera, se ponen en juego preceptos tradicionales (la resignificación de lo banal, la franqueza de los materiales, la ambiguedad de lo artesanal,...) de la retórica convencional que intenta lidiar con la idea del arte más allá del objeto aurático, hasta su definitiva disolución cuando todo se reduce a articular un camino hacía una luz inalcanzable. En la perspectiva de lo que podríamos reconocer como crítica institucional, electrodinamización, más allá de comportarse como una obra en el espacio que también opera como un modo de obrar el espacio, no puede interpretarse como un mero gesto que pone al descubierto las bambalinas del espacio expositivo para deconstruir sus metodologías sino que, por el contrario, pone en evidencia que la naturaleza del arte mismo consiste en permanecer siempre entre bastidores y fuera de los alcances ordinarios.

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