Martí Peran
jueves 23 de noviembre, 2017 22:57 PM
martiperan@gmail.com
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Ester Partegàs. The Passerby. 2017

Ester Partegàs.
The Passerby. 2017.

En numerosas ocasiones el trabajo de Ester Partegàs ha explorado los efectos derivados de la economía global y del hiperconsumo. La conversión de las ciudades en centros comerciales camuflados como nuevo espacio público y los continuos desechos provocados por un consumo obsesivo y compulsivo, han operado como los dos ejes principales sobre los que la artista ha formulado sus propuestas. The Passerby no hace sino ahondar en estas mismas cuestiones con una nueva vuelta de tuerca. En esta ocasión, unas estructuras metálicas que sustentan unas telas translúcidas se acoplan entre sí hasta configurar una suerte de arquitectura de mercado callejero. El supuesto mercado, sin embargo, ha reducido su oferta de mercancías a la propia presencia vaga de los consumidores. En efecto, las telas de resina que cierran cada uno de los paneles - puestos callejeros- traducen la circulación de los espectadores en figuras desdibujadas que merodean alrededor de un espacio espectral. El espacio social de hizo definitivamente transparente en la uniformidad de la transacción comercial. No hay más esfera pública que esta coreografía del consumo protagonizada por siluetas movilizadas por el capital a la búsqueda de cualquier (ninguna) mercancía.

La cultura de la transparencia (Glasskultur) representó para la modernidad una ambiciosa ilusión para acelerar distintos objetivos programáticos. En clave arquitectónica se trataba de higienizar los interiores y, además, restablecer los vínculos entre el espacio público y el espacio privado. En una perspectiva más ambiciosa, la transparencia simbolizaba la culminación de los ideales sellados por la razón iluminista. Sin embargo, muy pronto la transparencia mudó en un pretexto perverso para desplegar sus derivas más oscuras: incrementar los protocolos de vigilancia, publicitar como canónicos unos determinados modelos de existencia y, en última instancia, diluir los acontecimientos en el marco de la posverdad. De algún modo, podría afirmarse que los efectos de este vuelco en la idea de la transparencia representan la cancelación definitiva de cualquier resto de modernidad. Hoy la idea transparencia, mediante su unánime celebración, ha culminado ese proceso perverso. Parece que todo se incorpora ya y sin ninguna resistencia a la lógica de una radical visibilidad que todo lo iguala. La transparencia se hizo imperativa para garantizar la apoteosis de la uniformidad dictada por el capital, la comunicación y la información. Cuando el propio espacio público se reduce a la sencilla transparencia de la transacción comercial, cualquier anuncio de comunidad queda anulado en beneficio de una mera optimización de las relaciones de producción. Todos movilizados bajo la consigna del consumo y bien expuestos para confirmar el feliz "infierno de lo igual" (1) .

The Passerby puede interpretarse como una simulación de ese espacio comercial que sanciona la pobreza de lo transparente uniforme; pero también pudiera suceder que no se tratara de una mera simulación de un mercado callejero sino que, por el contrario, su verdadero objetivo fuera señalar que el propio espacio del arte está atravesado por las mismas dinámicas que reconocíamos en el espacio público. Los puestos de venta se disponen de forma estudiada y meticulosa en el espacio expositivo y las siluetas que se transparentan son las de los espectadores aplicados en la instrucción que garantiza una experiencia cultural. Así pues, quizás no se trata de la reconstrucción de un mercado sino de una mera escultura de tradición minimalista que exige ser rodeada respetando los protocolos ordinarios frente a un objeto estético. De esta guisa, la movilización de espectadores disciplinados no encarna sino la misma inacción social que late en el bullicio del shopping convencional. El sistema arte, en efecto, ya no conserva ni garantiza ninguna promesa de emancipación. La sospecha acecha.

1. Byung-Chul Han. La sociedad de la transparencia. Herder. Barcelona, 2013.

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